La puesta en escena del budismo tibetano

TEXTO DE ANTONIO PICAZO, ESCRITOR DE VIAJES

Desde Tíbet a Bután; desde Nepal a India; de Mustang a Mongolia; de Sikkin a Dharamsala; desde Lhasa a Katmandú. En los pasos de las montañas, junto a ríos sagrados; en valles, estepas, pueblos y poblados, en el paisaje, en fin, que abre el umbral de Extremo Oriente, sobre todo el que se traza siguiendo la franja de la cordillera del Himalaya, y en cualquier caso, a lo largo de aquellos territorios en donde del budismo tibetano tiene su influencia, innumerables monasterios, templos, santuarios y capillas se distribuyen para ofrecer un lugar de culto a aquellos devotos que, practicando este credo originado por las enseñanzas de Buda, forma el colectivo más profundamente religioso del mundo.

Los oratorios, bien se sitúen, pues, en el imponente palacio de Potala, en Lhasa, o en alguna diminuta y perdida aldea montuna, casi de manera común, contienen una puesta en escena, sobre todo interior, especialmente diseñada por siglos de intenciones clericales y experiencias litúrgicas para que, con cierto gusto del susto, –eso sí, velado de respeto y reverencia– poder templar, o sea, ablandar, el espíritu más dubitativo, para que la inmensa y frágil menudencia de los creyentes no tenga escapatoria. Las estancias apenas tienen ventanas, si es que las tienen, por lo que la oscuridad o al menos la penumbra, se convierte en un activo imprescindible para agitar la siempre asustadiza alma cuando ésta se mueve entre las movedizas tinieblas. En efecto, a través de la oscuridad se abren las capillas, a veces instaladas en los intestinos de los estupas, o al final de tétricos y laberínticos pasillos y pasadizos. Cuanto más se penetra en las cámaras del oculto culto, más se va poniendo a remojo el ser del humano ser, el cual mientras llega hasta el estómago del dragón, va haciendo girar los tambores de oraciones, unos cilindros, generalmente metálicos de unos 30 centímetros de lado por unos 15 de diámetro, que contienen plegarias, y que se sitúan en las galerías próximas a los umbrales de las estancias sacras. Así hasta penetrar en la propia capilla. Una vez dentro, el devoto, el peregrino, trastabillándose en el suelo frío y tenebroso, por entre mesas de ofrendas y un mobiliario difícil de identificar por la falta de luz, seguramente va a escuchar el sonido proveniente de un bombo que algún monje oculto en las sombras tan espesas, hace sonar mediante una baqueta curva, que tiene la misma forma que un gran signo de interrogación: bom…, bom…, bom..., bouuuum

Y se dice tinieblas movedizas, porque dentro del oratorio andan despabilándose las sombras agitadas por pequeñas llamas que prenden docenas de velillas las cuales flotan sobre litros de manteca de yak derretida, una grasa ardiente que llena las panzas de unos grandes calderos de bronce. Mientras el creyente va poniéndose a tono con el olor rancio que despide la manteca, puede ver cómo la luz pálida de las velas iluminan, de abajo hacia arriba, las imágenes de budas y bodhisattvas. Así, la sonrisa enigmática, pero eternamente transmisora de un gran sosiego, del buen Gautama Buda se convierte en una mueca perversa, hasta bravucona, y el resto de las imágenes, sean figuras o pinturas, se torna en un ballet de espectros cuyos rasgos, al ser iluminados desde planos inferiores, se estiran y estiran hasta formar un paisaje de ángulos negros, o pálidos, pero agudos y largos. Y si todavía se quieren dos tazas, no hay como echar un vistazo a los iconos pintados en las paredes en donde, tanto fuerzas malignas, como guardianes de la doctrina, en sus ya de por sí hechuras diabólicas, adquieren un valor añadido de sobresalto con el tembleque pajizo de la cera que arde. El cine impresionista no hubiera iluminado mejor sus secuencias; Béla Lugosi estaría aquí encantado remando a favor de la noche; Gustav Meyrink perfectamente habría puesto a pasear a su Golem por estos andurriales. Todo eso y más, y aún se puede añadir el cántico grave, profundo, gutural, cavernícola que entona, si la capilla toma las dimensiones de un templo, algún grupo de monjes y lamas.

Candle lines burning in buddhist temple for honoring the Gods

Claro que se puede decir que en otras religiones ocurre igual, tal es el caso del cristianismo, sobre todo en su ribera católica, y es cierto, aunque las formas sean diferentes, pero en realidad es más de lo mismo, la puesta en escena persigue idénticos fines, marinar el espíritu, empochar las entendederas. Y si no, qué son los efluvios de incienso que se propagan por las iglesias; la música de órgano, el gorigori de los cantos gregorianos; los ventanucos de las iglesias románicas, los vitrales de las catedrales góticas; las palomillas de fuego que se ponen a los santos; la doliente iconografía barroca.

Así no hay devoto que se resista. Cuando los hombres primitivos querían que sus jóvenes aprendieran el lenguaje mágico-práctico de la caza, o los pormenores fundamentales de su tribu, llevaban a los aprendices a las profundidades de las cavernas, allí entre tinieblas, ayudándose del encerado parietal y rupestre, así como de las luminarias de unas cuantas antorchas, mostraban, entre otras, las imágenes de las piezas que había que abatir si se quería seguir subsistiendo en un mundo para ellos nuevo y generalmente hostil. En ese clima, la voluntad se alteraba lo suficiente como para confundir lo que era real y lo que no lo era. En el budismo tibetano los arrestos del personal piadoso se turban en cuanto se lanzan los cohetes del estremeciendo, voladores silenciosos pero que de tanto subir y subir acaban haciendo ¡¡pum!! Para eso se disparan.

 

Antonio Picazo lleva media vida viajando por todo el mundo, conociendo gentes, pueblos y lugares que la mayoría de los mortales sólo nos atrevemos a soñar. De su pasión por los viajes han nacido multitud de colaboraciones con las principales revistas del país, así como en radio, prensa e internet y una tertulia de viajes que se ha convertida en un clásico en Madrid.

Antonio, además, ha sabido volcar sus vivencias en varios libros en los que nos podemos asomar a esos paisajes y pueblos que también conoce. En uno sus últimas obras, es precisamente Asia la protagonista de sus andanzas… Os dejamos la reseña de Viaje a las fuentes del Sol y esperamos que os animéis a descubrirlas…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *