La embajada de Ruy González de Clavijo

TEXTO DE YOLANDA GUASCH MARI, UNIVERSIDAD DE GRANADA

La leyenda y la historia de la ciudad de Samarkanda estarán siempre unidas a la figura de Amir Timur, conocido como Tamerlán, que la convertirá en el centro del imperio timurí y en una de las ciudades más ricas de la Ruta de la Seda. Su fundación se pierde en la Antigüedad, conocida entonces con el nombre de Marakanda por Alejandro Magno quien conformó la provincia de la Bactriana. Posteriormente durante el Islam ocupó un lugar preeminente desde su anexión por los Omeyas de Damasco en el 712, ahora denominada Afrasiab, hasta ser destruida por las invasiones de los Mongoles en el siglo XIII. Pese a ello resurgió a finales del siglo XIV y, durante el XV, se convierte en una ciudad monumental caracterizada por sus edificios envueltos en cerámica azul, que dieron lugar a la imagen que evoca hoy Samarkanda.

El origen del Imperio timurí se sitúa en la muerte de Gengis Khan (1227), lo que propició la desintegración rápida del imperio mongol, producto de la división de los territorios entre sus hijos y nietos. Con el estado descompuesto se sucederán numerosas revueltas, que conducirán al aumento del malestar entre comerciantes y artesanos deseosos de fijar estables rutas caravaneras. Entre estos levantamientos contra el poder mongol será especialmente relevante el encabezado, en la segunda mitad del siglo XIV, por Amir Timur. Oriundo de un pueblecito cerca de Kech, destacó de joven por su formación castrense y capacidad de organización, conformando un pequeño grupo militar que le permitió realizar incursiones sobre los terrenos vecinos e incordiar a las caravanas. Con tan solo 25 años dirigía la ciudad de Kech, dependiente del Khan mongol, declarándose posteriormente soberano independiente mediante alianzas matrimoniales con gobernantes de la zona que le procuraron cierta estabilidad. De esta manera se empezó a gestar el imperio timurí, fundamentado en el control de las fronteras y apoyado en los artesanos, comerciantes, clero religioso y propietarios feudales.

Busto de Amir Timur realizado con técnicas de escultura forense por Mijail Girásimov en 1941

En 1370 Samarkanda se erige como capital comenzando su reconstrucción con el diseño de una nueva muralla, una ciudadela y un palacio, conformándose alrededor de ella pequeños enclaves urbanos, con funciones de servicio, que fueron denominados con los nombres de las principales ciudades musulmanas como Bagdad, Damasco o El Cairo.

En 1386 ya se había reunificado todo el territorio más allá del río Amu-Daria, y que coincide en buena parte con la actual República de Uzbekistán, iniciando ahora una serie de guerras exteriores, siendo la primera contra el Jorasán, con la intención de unificar todo el centro de Asia, invadiendo también Irán y la India. En 1400 Timur conquista a los mamelucos de Egipto, Siria, entrando también en Damasco.

En 1402 derrota y hace prisionero al sultán Bayazit en la batalla de Ankara, que propicia el retraso de la ofensiva otomana contra Bizancio. La presencia de embajadores europeos en esta batalla, hace que la figura de Amir Timur sea conocida en Occidente como la de un héroe, concibiéndose entre los monarcas occidentales la idea y posibilidad de que Amir Timur se convierta en su aliado político.

Por estas razones el rey de Castilla, Enrique III, manda una embajada diplomática a su corte en 1403, dirigida por Ruy González de Clavijo, noble castellano, cuya historia será redactada en un libro de viajes que constituye la fuente histórica más fidedigna de la época de Amir Timur.

La embajada de Ruy González de Clavijo no fue la primera. Anteriormente, otra embajada había llevado a Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos a estar presentes en la batalla de Ankara, quienes fueron tratados con honores por Amir Timur, quien llegó a ofrecer escolta a los diplomáticos enviando con ellos a Mohamed Alcagi, además de otra serie de objetos y regalos para el rey de Castilla.

Retrato de Ruy González de Clavijo incluida en la “Misión diplomática de Castilla a Samarkanda, 1403-1406”, en la edición de Leoncio Cabrero

Volviendo a la embajada dirigida por Ruy González de Clavijo, señalaremos que irá acompañado por Fray Alonso de Santamaría, Gómez de Salazar y Alfonso Fernández de Mesa, así como otros servidores, además de Mohamed Alcagi; todos ellos encargados de llevar cartas y obsequios hasta Samarkanda.

El viaje se inicia el 21 de mayo del año 1403 embarcando en el Puerto de Santa María, con destino Oriente. Bordeando la península ibérica, pasan por Málaga, Islas Baleares, Gaeta y Mesina. Visitan Rodas, Pera, Constantinopla hasta llegar a Trebisonda el 11 de Abril de 1404, desde donde continúan su viaje por tierra. Recorren Erzincán, Erzurum, Khoy, Tabriz, Sultaniyya, Xaharcán, Teherán, Damghán, Bastam, Termez, Kech hasta Samarkanda, donde llegan el 8 de septiembre de 1404, permaneciendo en la ciudad hasta el 21 de noviembre del mismo año. El viaje de regreso, aunque con el inicio diferente, ya que desde Samarkanda se dirigen a Bujará, Baubartel, Bastam, Damghán, Semnan, Varamín y Qazvín; seguirá desde Sultaniyya prácticamente el camino de ida en la parte continental asiática y otros cambios no destacables y poco definidos en la relación en cuanto al cabotaje por el Mediterráneo, llegando el 24 de marzo de 1406 a Alcalá de Henares ante el monarca Enrique III y poniendo fin a la expedición que duró casi tres años. El viaje fue descrito con todo lujo de detalles, noticias históricas, geográficas e incluso antropológicas convirtiéndose en una obra de referencia para el conocimiento del mundo oriental del momento. No obstante, la embajada no llegó a conseguir sus propósitos, pues Amir Timur murió en 1405, mientras preparaba la campaña contra China, fracasando el objetivo básico del viaje y dejando sin repuesta al rey de Castilla.

Pese a ello la embajada pudo conocer de primera mano las innumerables obras arquitectónicas que proyectó Amir Timur y que continuaron sus sucesores, siendo Samarkanda el espacio donde se concentró el mayor auge artístico del imperio timurí. Su población era numerosa y en el bazar de Samarkanda se podían encontrar mercancías provenientes de todos los rincones de Asia: los diamantes de la India, las especies de Singapur o los tejidos de seda de la China, pues tras controlar los principales ejes de lo que se denominó la Ruta de la Seda entre Europa, la India y China, pasando por Asia Central, Timur y sus sucesores se preocuparon de garantizar la seguridad de las caravanas. Así describía Clavijo la ciudad de Samarkanda:La ciudad de Samarkanda está sentada en un llano e es cercada de un muro de tierra, e de cavas muy hondas, e es poco  mas grande que la ciudad de Sevilla, pero de fuera de la ciudad ay muy gran pueblo de casas, que son ayuntadas como barrios en muchas partes, ca la ciudad es toda en derredor cercada de muchas  huertas e viñas, e duran estas huertas en lugar de legua e  media, en lugar dos leguas,  e la ciudad en medio, e entre estas  huertas ay calles y plazas muy pobladas, ca vive mucha gente, e venden pan y carne, y otras muchas cosas así que lo que es poblado de fuera de los muros, es muy mayor pueblo que lo que es cercado. E entre esta huertas que de fuera de la ciudad son, están las grandes e honradas casas, e el Señor allí tenía los sus palacios e cavas honradas. Otrosí los grandes omes de la ciudad las sus estanzas e casas entre estas huertas las tenían, e tantas son estas huertas e viñas e cerca de la ciudad, que quando ome llega a la ciudad non paresce si non una montaña de muy altos árboles, e la ciudad asentada en medio, e por entre esta dichas huertas iban muchas acequias de agua, e entre estas huertas avía muchos melonares e algodones (…) E fuera de la ciudad ay grandes llanuras, en que ay muchas aldeas y muy pobladas, que el Señor fizo poblar de la gente que allí enviaba de las otras tierras que conquistaba”.

Durante la época de Amir Timur las ciudades del imperio se vieron enriquecidas artísticamente fundamentalmente, gracias a la llegada de artistas y artesanos procedentes de aquellas ciudades conquistadas y destruidas por parte de Amir Timur, lo que supone un auge artístico en lugares como Kech, denominada ahora Shahr-i Sabz, donde se construyó entre 1379 y 1396 el palacio Aq-Saray, conservándose únicamente su pórtico de entrada y un complejo conmemorativo y sacro, que parece ser fue la última residencia de Amir Timur y, Samarkanda , nueva capital del imperio, donde se conserva la mezquita de Bibí Khanún, proyecto iniciado en 1399 y denominada así en recuerdo de su esposa, cuya importancia por el emir está documentada por Clavijo quien sería recibido el 29 de septiembre de 1404 en ese lugar al encontrarse Timur supervisando la gran portada que había mandado rehacer por considerarla demasiando baja.

Pintura de una de las paredes del observatorio astronómico de Ulug-Beg, hijo de Tamerlán, alusiva a la embajada de Clavijo

La otra gran obra de Samarkanda realizada por Timur fue el Gur-i Amir, tumba del Emir, realizada a lo largo de 1404, destinada al enterramiento del Sultán Muhammad, su nieto predilecto, que había muerto en la batalla de Ankara. De nuevo Clavijo, quien estuvo en la inauguración sobrevenida el 30 de octubre del citado año,  relata como la obra fue supervisada por Amir Timur quien de nuevo encontró que la obra era demasiada baja y mandó al arquitecto Muhammad Ibn Mahmud de Ispahán que la rehiciera en diez días.

La tumba se integra en un complejo arquitectónico que incluía  una madraza y un janaqaq articulados mediante un gran patio cerrado interior. De hecho cuando Timur murió, en enero de 1405, fue enterrado allí como la mayor parte de sus descendientes varones convirtiendo el edificio en panteón dinástico.

Además de los edificios también fueron descritos por la embajada, las fiestas a las que fueron invitados por Amir Timur, celebradas fundamentalmente en jardines paradisíacos a las afueras de Samarkanda. Las representaciones pictóricas que se conservan, casi todas del siglo XVI, de festejos o recepciones de Timur nos ofrecen arquitecturas efímeras de tiendas de campaña. La ciudad de Xiva, el centro urbano mejor conservado actualmente en Uzbekistán, no tiene espacio más que para madrazas, mausoleos, mezquitas, algunos palacios y poco mas. En Bujara las madrazas, mezquitas y mercados especializados dejan hueco a algunas plazas e incluso albercas, pero para viviendas no hay lugar.

Placa conmemorativa en la ciudad de Madrid

Hemos de suponer, por tanto, que estas ciudades caravaneras funcionaron como centros institucionales que albergaban y aseguraban mercancías y mercaderes, que eran centros religiosos y del saber, que daban cobijo a los gobernantes y a la aristocracia de la tierra y mercantil, así como algunas artesanías como la ceca y las armas, pero que la gran población habitaba los exteriores con viviendas de carácter efímero, y que la mayor parte de la misma practicaba el nomadeo o bien se circunscribía al cultivo en parcelas de regadío, abundantes ya en aquella época.

Esta situación posibilita nuevos conceptos de ciudad a los que no estamos acostumbrados cuando estudiamos el mundo islámico. Esto justifica las grandes fachadas con sus pistag y el diseño interior de plazas donde se realizan paradas militares, se concentran en una fiesta o mercado eventual los distintos grupos étnicos que confluyen en estas ciudades de paso que organizan un territorio siempre en movimiento.

Así se desarrolla la estructura urbana de tradición asiática denominada “kosch”, consistente en enfrentar, en una calle que se ensancha formando una plaza, dos edificios públicos. La evolución concluirá en los grandes rigistanes de Bujara y, sobre todo, de Samarkanda donde las tres grandes madrazas: Sir-Dor, Tillia Kari y Ulug Bek, conforman uno de los espacios urbanos más importantes del Asia Central, uniendo la grandiosidad del espacio, la proporción de las fachadas y el valor cromático de los azulejos cambiantes con el reflejo del sol, mostrando sus largas inscripciones epigráficas, sus formas geométricas entrelazadas de vegetales y animales que dan nombre, por ejemplo, a la madraza de Sir Dor (la madraza de los leones).

Ya en época de Amir Timur era el centro comercial de Samarkanda confluyendo seis calles radiales en torno a las cuales aparecían mercados cubiertos y caravasares, pero será Ulug Bek quien inicie la transformación que creará la imagen actual. Construirá la madraza que lleva su nombre, un janaqaq y el caravasar Mirza. En la madraza, acorde con el alto nivel cultural de su reinado, el propio emir enseñaba astronomía convirtiéndose en uno de los más reputados científicos de la Edad Media, reconocido y valorado sobre todo en la Europa del siglo XVIII, en el siglo de las luces y  de la razón. Todo el conjunto estaba recubierto de una rica decoración con azulejos de distintas técnicas, ladrillos y mármoles.

El conjunto se completará en el siglo XVII. El gobernador de la ciudad, Ialangtuch Bakhadur, reemplaza el janaqaq por la madraza de Sir Dor (1619-1636) y construye la Tillia Kari (1646-1660) sobre el caravasar imitando, más que desarrollando, las propuestas estéticas del primer edificio de la plaza. La madraza Tillia Kari destacará por la gran cúpula construida sobre su sala de oración al asumir la función de mezquita del viernes debido al deterioro que por aquel entonces sufría ya la mezquita de Bibí Khanún. El azul claro de sus azulejos exteriores contrasta con el brillo dorado de las decoraciones internas de donde deriva el nombre del edificio Tillia Kari que significa “cubierta de oro”.

El  complejo funerario de Sha-i Zinda, cuya traducción sería “el Rey Vivo”, ejemplifica de forma resumida el arte timurí y su evolución. Allí, en torno a la posible sepultura de un primo de Mahoma, Qutham b. Abbas, se inició un complejo con mausoleo y madraza que adquirirá en los siglos XIV y XV su aspecto monumental con más de una treintena de tumbas donde se exhibe lo mejor y más delicado del arte de Samarkanda. La configuración urbanística y su integración con la capital la haría Ulug Bek en 1434-35 con una entrada monumental. Delicados azulejos de técnicas diversas, las bandas epigráficas, los ajustados esquemas en ladrillo con formas geométricas potencian y resuelven espacios de proporción centralizada que posibilitan la lectura, casi en maquetas, de la monumentalidad de la arquitectura timurí, siempre disuelta y cualificada por su cromatismo azul, el azul de Samarkanda.

Calle de Samarkanda dedicada a Clavijo

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