Ajál-Teké: caballo de reyes

TEXTO DE BLANCA DE TOLEDO

Hablar del caballo ajal-teké es hablar de la Ruta de la Seda. Es hablar de las aventuras –y también peligros- que entrañaban aquelllos caminos que, partiendo desde China, discurrían por Asia Central hasta llegar a Europa. Una de las opciones más peligrosas que el viajero tenía era adentrarse en la tierra de los turcomanos, atravesando el temible desierto de Karakum. Esos antepasados de los turkmenos eran temibles tribus nómadas que vivían del botín de guerra de sus habituales incursiones a Persia y Bujara, además de las mercancías arrebatadas a las caravanas que, cargadas de sedas y especias, osaban adentrarse en esas tierras fronterizas al mar Caspio.

El éxito de esos raid, llamados alaman, dependía en gran parte de las monturas de esos salteadores, que eran unos caballos muy rápidos, resistentes (eran capaces de cabalgar durante días sin descanso y sin apenas comer y beber, para luego volver a casa cargando a jinete y botín), valientes en el campo de batalla, y unidos a sus amos con un sólido lazo de fidelidad. Estos caballos habían sido ya utilizados por los escitas y los partos, y, según la leyenda, por las mismísimas amazonas. Ya el historiador romano Opion había hablado de un  caballopropio de reyes, de bellísima estampa, que se mueve con gracilidad bajo la montura;  lleva la cabeza muy alta, y sus centelleantes crines flotan majestuosamente en el viento”. También Herodoto conocía la existencia de “los caballos sagrados de Nisa, de singular talla y belleza”. Tan famosos se hicieron, que los emperadores chinos organizaron varias expediciones para apoderarse de los llamados caballos celestiales, los cuales, según se decía, sudaban sangre. El caballo turcomano es, pues, el équido de raza pura más antiguo del mundo. Restos de caballos de constitución similar al actual ajal-teké han sido hallados en las tumbas de Pazyryk (siglo V a.d.C.), así como en los yacimientos de Anau, situados cerca de Ashgabat, y que tienen 1000 años de antigüedad.

Lo que hace especial al caballo turcomano, llamado desde siempre argamak, es su físico singular, que presenta ejemplares enjutos, de largos dorsos capaces de cargar con jinete y botín; con un esbelto cuello de cisne y con unas orejas largas que pueden detectar movimiento en muchos km a la redonda. Poseen ojos asiáticos, almendrados, y un pelaje fino y delicado, que a veces desprende espectaculares reflejos dorados, y que era protegido de las extremas temperaturas por gruesas capas de mantas de fieltro. De la preservación de ese físico poderoso dependía la vida y hacienda de los turcomanos. No es extraño, pues, que éstos mantuvieran un celo especial para conservar la pureza racial del argamak, negándose a mezclarlos con otras razas, y transmitiendo por vía oral orígenes, pedigrís y hazañas.

Su cría y mantenimiento era muy peculiar: mientras que las yeguas vivían en el desierto en manadas, los machos lo hacían junto a la familia del guerrero, que no solía poseer más que uno o dos ejemplares. Éstos permanecían atados junto a las yurtas, y su alimento (algo de alfalfa, huevos y grasa de cordero) era administrado a mano. Esta forma de vida conformó el carácter extremadamente sensible y apegado a sus dueños que tiene el ajal-teké actual. El entrenamiento era duro: se cargaba a los animales con pesadas piedras y se les hacía galopar durante horas, y luego durante días, para comprobar su resistencia. Sólo los individuos que sobrevivían esas pruebas quedaban como montura del guerrero.

El caballo turcomano es más antiguo que el árabe, y es muy probable que esté en la base de su  creación. También el Pura Sangre Inglés (PSI) debe sus orígenes a, entre otros, sementales turcomanos, como Byerley Turk. Asimismo, se cree que fueron los cuidadores turcomanos de esos reproductores los que introdujeron en Inglaterra prácticas como cubrir a los caballos con mantas, o domarlos a temprana edad. Otras razas europeas, como el trahkener, deben su origen también a las aportaciones de Turkmen Atti, que fue regalado a Catalina la Grande y terminó sus días en Prusia.

Las tribus turkmenas eran 4: la yomud, la goklén, la ersanita y la teké. Los tekés se dividían entre los oriundos de  Merv (actual Mary) y los que  vivían en el oasis de Ajal, en las estribaciones del macizo de Kopet Dag. Mientras que las tres primeras tribus se fueron sometiendo sin grandes esfuerzos al avance ruso, los tekés opusieron una resistencia feroz a las tropas del zar, a las que derrotaron éstas en la batalla de Geok Tepé. El desquite ruso vendría con  la segunda batalla de Geok Tepé (1885), en la que murieron más de 15.000 guerreros y civiles tekés de Ajal. La derrota supondría el sometimiento al imperio y el fin del alaman, por lo que el número de caballos empezó a disminuir peligrosamente.

No obstante, los ocupantes rusos supieron apreciar las virtudes del caballo turcomano, y no solamente fomentaron su cría en Turkmenistán, sino que, ya después de la Revolución, crearon el Libro Genealógico de las diferentes razas turcomanas: yomud, goklén y ajal-teké. La más rápida y poderosa, cuya cría se extendió a otras zonas de la URSS, era la ajal-teké. En el Cáucaso ruso y en Kazajstán se llevaron a cabo efectivos planes de cría y selección, lo que dio lugar al ajal-teké de deporte, cuyo representante más celebrado es el mítico Absent, que ganó medallas en tres olimpiadas diferentes. Ya el argamak había demostrado su excepcional resistencia en la expedición de  Ashgabat aMoscú de 1935, en el que un puñado de koljosniks recorrieron 4.300 km en 84 días a lomos de caballos ajal-teké y yomud.

El caballo ajal-teké es hoy venerado en su país de origen, Turkmenistán, donde es utilizado en el hipódromo. En el centro del escudo del país hay un teké, y el organismo que se ocupa de la preservación y promoción de la raza (Turkmen Atlary) tiene rango de ministerio. En marzo de 2011 se constituyó oficialmente la Asociación Internacional del Caballo Ajal-Teké, bajo la presidencia de honor del presidente Berdimujamedov y con la participación de diferentes asociaciones nacionales (entre ellas, la española).

Para los turkmenos, un ajal-teké es uno de los regalos más preciados que puede hacer. Así, Isabel II de Inglaterra recibió un ejemplar de las autoridades soviéticas. Posteriormente, tanto el antiguo primer ministro John Major como el presidente Mitterrand recibieron sendos tekés, que viven aún. El último en haber aceptado el presente ha sido V. Putin.

No obstante, y por los avatares de la historia y la política, el ajal-teké ya no es un caballo exclusivamente turkmeno. Siendo Rusia la heredera oficial de los derechos y obligaciones de la antigua URSS, la llevanza del Libro Genealógico y de la gestión general de la raza se realiza desde el Instituto Ruso del Caballo (VNIIK), y hoy día nacen más ejemplares en Rusia, Kazajstán, Europa y EEUU que en su patria de origen.

En el mundo hay unos 3.000 ajal-teké. Su escaso número hizo que hace 20 años, esta antiquísima raza hubiese estado incluida en la lista de especies en extinción. Afortunadamente, la tasa de crecimientos anuales está creciendo, si bien lentamente. Por ejemplo, en Europa, donde hay unos 700 ejemplares, están naciendo 15 potros al año. En España tenemos 10 ejemplares, procedentes de Rusia, Kazajstán, Alemania y Francia, y que están repartidos por todo el territorio nacional. Los ajal-teké epañoles están siendo utilizados en deportes como  salto, raid o trec, donde la yegua Grafinia quedó segunda en el campeonato juvenil de Cataluña. Si todo va bien, el año que viene nacerá en Palma de Mallorca el primer argamak de nuestro país. Poco comparado con otros países. Empero, es importante contar para nuestra cabaña con este mejorador de razas, auténtica reserva génetica equina, caballo que, como dice la periodista y escritora Irina Jienkina, es “una mezcla de serpiente, guepardo y águila”.

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