Rapto de novias: ¿tradición o simplemente violencia?

COLABORACIÓN ANÓNIMA

Imagínate que una tarde, al volver del instituto o de pasear con las amigas, un coche se te acercara derrapando, se bajaran cuatro chicos de él y te metieran dentro a la fuerza. Después de un viaje de pesadilla, amenazada por desconocidos, llegas a una casa desconocida y encuentras a un grupo de ancianas que te obligan a ponerte un pañuelo blanco en la cabeza y te convencen de que no te resistas.

Estás casada con un desconocido.

Esta es la situación por la que pasan miles de chicas cada año en la república centroasiática de Kirguistán. El secuestro de novias está considerado como una antigua tradición en la cultura kirguís, herencia de su pasado nómada y que, para gran parte de la población, es necesario mantener como parte de la herencia cultural común.

El ala-kachuu (literalmente “coger y escapar” en kirguís) consiste llana y simplemente en raptar a una joven para obligarla a casarse con un joven al que, posiblemente, ni siquiera conoce.

Prácticamente todas las historias sobre rapto son iguales. Un entorno rural, unos jóvenes que quizá han compartido algunas fiestas, o simplemente se conocen del colegio. Un chico que reúne a varios amigos y, de alguna manera, consiguen que la chica se aleje un poco de casa, o la esperan en la parada del autobús. Arrastrada a la fuerza al interior de un coche, la llevan a casa del novio, donde espera toda la familia para cumplir con el ritual: la imposición del pañuelo por parte de las mujeres más mayores de la casa. Éstas presionan continuamente a la recién llegada para que acepte su papel, la repiten que el chico es buena persona, que vivirá bien, que será una buena esposa y todos la respetarán. Si la chica se resiste mucho, las ancianas pueden ponerse delante de la puerta para evitar que salga, o arrojan trozos de pan al suelo, advirtiéndola que si quiere salir, tendrá que ser pisoteándolos (algo muy mal visto en la cultura kirguís). Tarde o temprano, la chica terminará rindiéndose y aceptando la situación, quizá pensando que su futuro no será tan malo. Cuando lleguen sus parientes a la casa del novio (avisados por familiares de éste), el matrimonio se habrá dado por cumplido y, en muchos casos, serán los propios padres de la novia la que la reafirmarán en no rechazar la situación ante la segura vergüenza de toda la familia en el entorno.

Fotografía de  Jackie Dewe Mathews (www.jackiedewemathews.com)

Lo que venga a continuación dependerá mucho tanto de la reciente esposa como de la familia del marido. Si ella acepta su papel de mujer sumisa con el marido y servicial con sus suegros, y si éstos no abusan de su posición predominante, es posible que la pareja llegue incluso a afianzarse, que convivan en una relativa armonía y, quien sabe, que surja el amor entre secuestrador y secuestrada. Muchos otros casos, sin embargo, terminan en divorcios prematuros, a los pocos años del matrimonio, lo que suele traducirse en una situación complicada para la mujer, teniendo que reanudar una vida interrumpida, posiblemente con al menos un hijo a su cargo y en medio de un entorno terriblemente patriarcal que no dejará de juzgarla.

Sin embargo, la fuerza de la tradición hace que muchas de las jóvenes secuestradas apenas muestren oposición, especialmente conscientes de la dificultad de superar el trance, de la enorme presión de los ancianos (muy respetados en la cultura kirguís) y, finalmente, por la incertidumbre de un futuro que la recordará siempre que no ha aceptado su destino y sobre el que siempre planeará la duda de una violación la misma noche del secuestro.

Fotografía de Jackie Dewe Mathews (www.jackiedewemathews.com)

Evidentemente, estas acciones contra las mujeres son ilegales y, en teoría, deberían ser perseguidas por la justicia pero, por un lado, tanto la propia novia como su familia suelen descartar la opción del rechazo del matrimonio y prácticamente nunca se denuncian los hechos. Por otro lado, el conjunto de la sociedad (entre los que se incluyen policías y jueces) participa de esa idea del secuestro de novias como una tradición que, si no es quizá del gusto de todos, es consentida por la mayoría. De esta manera, casi la totalidad de los casos terminan con la joven como la esposa de aquel que la secuestró.

A pesar de los setenta años de dominio soviético, el pueblo kirguís (al igual que gran parte del resto de Asia Central) ha mantenido prácticamente intactas muchas tradiciones que se han conservado durante cientos de años a través de la cultura oral. Muchas de estas costumbres hacen referencia a su pasado nómada y tienen que ver con la propia supervivencia del grupo en un entorno hostil; el dominio del caballo, juegos de fuerza, una artesanía elaborada, una rica expresión oral… todos son muestras de un pasado errante en el que esas actividades tenían su lógica, como seguramente lo tendría el secuestro de mujeres de otros grupos o tribus para perjudicarles y, a la vez, ganar mayor fuerza de trabajo y posibilidades de tener descendencia.

El descenso de la actividad nómada, con la llegada de los colonos zaristas y posteriormente el poder soviético, que prácticamente acabó con los grupos nómadas que quedaban, hizo que esta práctica del secuestro de novias casi desapareciera en la práctica. Además, la extensión de la alfabetización, el acceso de las mujeres a una educación superior y a puestos de trabajo, así como la propia ideología soviética, que favorecía la igualdad de género, no favorecían la práctica del ala-kachuu.

Fotografía de Jackie Dewe Mathews (www.jackiedewemathews.com)

Por eso muchas personas creerán que esto ocurría hace años o en aldeas remotas del país. Pero no es así. Ocurre casi todos los días, en ciudades también. Cuando Kirguistán accedió a la independencia después de la caída de la URSS, muchas de las costumbres tradicionales prohibidas o perseguidas por el poder soviético revivieron con más fuerza que nunca; eso está bien en muchos casos, como la revitalización de la música tradicional, de la literatura en lengua kirguís, o la recuperación de artes y oficias casi olvidados.

El problema viene cuando se hace un abuso de esas tradiciones; lo que pudo tener un sentido en un momento determinado de la historia no tiene por qué tenerlo ahora, y el que una parte de la población, en este caso los hombres, aprovechen tradiciones casi olvidadas para reforzar su papel dominante y someter a la mitad de la población no hace sino desacreditar la propia cultura del país y jugar en contra del futuro del país. Las mujeres son una parte vital de la sociedad, especialmente en lugares como Kirguistán, donde la situación económica hace que desperdiciar talentos y posibles mentes brillantes, arruinadas en el asiento trasero de un coche, sea un desastre nacional.

Mucho más que perder una tradición.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *