Mi primer viaje a Kazajstán

TEXTO DE NICOLÁS DE PEDRO, INVESTIGADOR DE CIDOB

Desembarqué por primera vez en Kazajstán en octubre de 2005. Llegué solo y de madrugada. Por suerte había alguien esperándome. Era Zhalel, el amigo de un amigo y al que nunca más volví a ver, pero que me ayudó en un momento crítico.

Cuando llegué, conocía, o al menos sabía algo sobre la historia de Kazajstán, su pasado soviético y su proceso de construcción estatal y nacional desde la independencia en 1991. Pero sabía bastante poco, por no decir nada, de cómo era la vida cotidiana en una ciudad como Almaty y de cómo debía manejarme. Los tiempos de los blogs, el coachsurfismo y las redes sociales aún no habían llegado y, además, yo aún me manejaba en un esquema muy académico.

Ver la cara sonriente de Zhalel con un cartelito con mi nombre, mientras un nutrido grupo de tíos rudos, serios y vestidos con abrigos de cuero negro me tiraban del brazo, sin que yo entendiera muy bien por qué, era un verdadero regalo del cielo. Y lo cierto es que algo de intercesión divina hubo. A Zhalel le había enviado Cristián, un numerario argentino residente en Almaty y al que conocí de carambola mientras llamaba, un poco a la desesperada, a los números de teléfono que aparecían en las –escasas por aquel entonces– webs de universidades kazajas.

A pesar de que Zhalel no hablaba inglés y yo aún no hablaba nada de ruso (¡y no digamos kazajo!), pudo explicarme que aquellos tipos, un tanto inquietantes para un recién llegado, eran simplemente taxistas. A falta de un idioma común, Zhalel tuvo la habilidad de recurrir al tema universal. “Fernando Tores el nino” exclamó y lo cierto es que aquello hizo que me sintiera mucho más tranquilo y aprendiera mi segunda gran lección de la noche: que el fútbol, o lo que es lo mismo el Real Madrid y, a mi pesar, el Barça, eran un excelente recurso y los mejores embajadores para cualquier español que se adentrara en Asia Central. La primera lección era, claro, que la generosidad y solidaridad desinteresada eran una de las características locales e iba a topar con ellas a menudo.

Cristián, de hecho, me ayudó en innumerables ocasiones durante mi proceso de adaptación y fue él quien me encontró el alojamiento al que me llevó Zhalel aquella oscura noche de octubre. Se trataba de la casa de Lida Ivanovna, una señora rusa, de mediana edad, carácter afable y un tanto peculiar. Lida me alquiló la habitación de su hijo Slava, que había ingresado en los franciscanos con la intención de convertirse en monje.

Los alrededor de diez meses que pasé en casa de Lida fueron una excelente manera de integrarme plenamente en la vida local. Los domingos la acompañaba a comprar al bazar, para cargar con las sacas de patatas y kapustas (coles) que serían la base sistemática de los menús de la semana. Por suerte, soy de esa clase de personas a las que la monotonía culinaria no les afecta lo más mínimo. Lida era, además, muy útil para mis fines académicos.

Había llegado a Kazajstán con una beca de la AECID[1] para investigar, entre otras cuestiones, sobre la situación de la gran minoría rusa del país. Es una cuestión que después he trabajado menos de lo previsto, en favor de otras minorías como la uigur, pero desde luego vivir con Lida y conocer su círculo me resultó extremadamente útil para comprender, por ejemplo, la nostalgia por los tiempos soviéticos. Aunque esto no es exclusivo de ninguna minoría en particular y transciende las divisorias étnicas en Kazajstán. No obstante existe un sentimiento de orfandad muy propio de los rusos. ‘La URSS desapareció, pero nosotros seguimos aquí’, suelen decir.

Con Igor, un amigo de Lida que nos visitaba de cuando en cuando, tuve mis primeras experiencias con la vodka y el coñac en Kazajstán. Al principio resultaba difícil, pero tuve que aprender a negarme a compartir sus hábitos alcohólicos. Aquello era simple y llanamente incompatible con mi investigación académica y mis clases diarias en la universidad Ablay Jan, que empezaban temprano. Junto con mis compañeros, formábamos un grupo muy heterogéneo y muy multi todo. Estaban Abdul Karim, sirio, Nurullah, Ismail y  Ahmed, turcos, Gulgina, uigur de Xinjiang (China), Parisa, iraní, y Olivya, polaca.

Para mí, las clases con Roza, nuestra entrañable profesora kazaja, eran una divertida regresión a cómo imagino eran los tiempos escolares de mis padres o más bien mis abuelos. Al entrar Roza, nos levantamos muy serios y esperábamos a que nos indicara que podíamos sentarnos de nuevo. Después repetíamos incansablemente ejercicios y lecturas sobre héroes “nacionales” como Takhtar Aubakirov, el primer astronauta de la historia de Kazajstán  o la legendaria Valentina Tereshkova, la primera cosmonauta soviética. Aprender por repetición puede resultar tedioso, pero lo cierto es que escribir cientos de veces frases como ‘mi madre se llama Virginia y vive en Madrid’ o ‘por las tardes, me gusta pasear por el parque’ me ha servido para que, a pesar de practicar poco, siga escribiendo ruso en cursiva con facilidad años después.

Con el tiempo, a nuestro grupo se incorporaron Itzi y Paqui y aquello terminó por descontrolarse un poco en algunas ocasiones, pero salimos todos airosos del examen final y desde luego disfrutamos de una experiencia fantástica. Difícilmente podré olvidar cuando me tocó recitar un poema de García Lorca y hacer una muestra de mi supuesta habilidad como ‘palmero y cantaor’ ante toda la Facultad en el día de las ‘nacionalidades’, mientras mis compañeros turcos, que formaban legión junto con sus compatriotas, se morían de risa. Los turcos, junto con los chinos, constituían el grueso de los estudiantes extranjeros, aunque con éstos era más improbable coincidir en las clases ya que solían formar grupos separados. Esto se debía a que aun siendo los más hábiles a la hora de aprender la gramática rusa, tenían enormes dificultades para hablar y pronunciar correctamente. De tal suerte que, mientras por escrito podían alcanzar un nivel altísimo, oralmente tenían dificultades con las conversaciones más básicas.

Encontrar este curso de ruso me costó lo suyo y tuve la suerte de que me ayudara mi buena amiga Almudena, lectora de la AECID en Almaty y que llevaba ya un año allí cuando yo llegué. Con Almu compartí muchos ratos, aventuras y risas. Su obshezhytie (residencia) y la legión de niños que vivían allí eran una veta inagotable de anécdotas y peripecias surrealistas. Nuestro laghman[2] bien ostri (picante) en la estalovaya (comedor) dungán que había frente a su Facultad o los pibim pap[3] de nuestro refugio coreano eran uno de los placeres semanales.

Hasta donde yo sé, los lectores fueron los primeros ‘becarios’ en pisar Kazajstán y eran una guía para los que íbamos llegando por diferentes motivos. Si Almu, o Almadina como la llamaban algunos alumnos despistados, me enseñó Almaty, Inma hizo lo propio con Astaná y David con Shymkent. Aún hoy me sigo encontrando con centroasiáticos que han aprendido español con alguno de ellos, o con Ana después en Almaty, o con Carlos, Elisa o Alejandra en Bishkek. Tener identificados a los lectores puede ser verdaderamente útil. Tanto como estar al día de las vicisitudes del Madrid o del Barça. Rara ha sido la ocasión en que no he hablado de fútbol con algún guardia cruzando alguna de las fronteras con las repúblicas vecinas y que eso, ha suavizado bastante el rigor de los trámites aduaneros.

A los centroasiáticos les gusta mucho, pues es lo que esperan de un español, ver pasión y furia y por eso mi cara de desagrado cuando mencionaban al Barça como su equipo favorito solía caer bastante bien. Ahí cumplo mejor el estereotipo porque mi aspecto poco mediterráneo o latino suele generar cierto estupor al principio. Si mis padres son españoles o si yo soy español ‘puro’, sin que quede muy claro qué significa esto último, es algo que me han preguntado más o menos ciento cincuenta mil trescientas veces.

De todas formas, no hay nada que sea más útil, e incluso pueda librar de multas y problemas mayores, que conocer un poco de los mitos y leyendas locales. Mencionar elogiosamente las gestas de Ablay Jan, los poemas de Abay o la labor de Baytursynov, Bokeikhanov o Dulatov, me ha salvado en más de un apuro.

Los primeros meses los pasé trabajando en la KAU, la universidad kazajo-americana, con mi buen amigo Assyl. Un kazajo de Pavlodar que se había venido al cálido Sur a probar suerte después de trabajar en los yacimientos de Kumkol, una empresa digna de titanes en invierno cuando las temperaturas en la estepa desértica pueden alcanzar los 40 bajo cero.

Durante mis clases de lengua y cultura españolas, tuve que readaptar parte de los contenidos y olvidarme, por ejemplo, de la historia, ya que las alumnas tenían, sobre todo, interés en traducir y entender las letras de canciones de reggaetón, que, pese a que pueda resultar algo chocante, es muy popular en Kazajstán. Bastantes letras en cuestión eran, digámoslo así, de ‘alto voltaje’, lo que me planteaba no pocos problemas. Cómo explicar qué quiere decir eso de ‘dame más gasolina’ o ‘a ella le gusta la gasolina’. ‘¿Tan aficionadas al motor son las latinoamericanas?’ me preguntaban, a veces, las alumnas…

Además de eso, desde las primeras semanas, inicié mi peregrinaje por todo tipo de instituciones locales para entrevistar a quién quisiera recibirme y recopilar materiales para mi tesis doctoral. El trabajo de campo en Kazajstán requiere, como en cualquier otro lugar, constancia, tenacidad y también algo de suerte, pero lo cierto es que, en un país joven y con ganas de abrirse al mundo, las cosas suelen resultar más sencillas de lo que parece en un primer momento. Andar llamando en frío de puerta en puerta o por teléfono puede resultar frustrante muchas veces, pero me ha permitido conocer a un montón de gente interesante. Me atrevo a mencionar a algunos como Ablet, Bulent, Dossym, Farkhod, Guljanat, Hamid, Ilhan, Konuralp, Mara, Nargis, Sanat, Sattar, Selbi, Timur o Toka, que aún me honran con su amistad.

Los lazos se van estrechando en muchas direcciones y posteriormente muchos de ellos han participado en actividades en España o han sido “fichados” para proyectos como el del OAC[4] en el que también participa CIDOB[5]. También conocí a bastantes españoles como Jose, ingeniero de Repsol, con el que disfruté mucho aprendiendo sobre petróleo y sobre Cuba. Con Carlitos, al que me costó reconocer hace bien poco en el programa de Españoles por el mundo dedicado a Moscú por lo alto y mayor que estaba, descubrí a Bob Esponja que tanto le gusta ahora a mi pequeño Niel. Además, Nieves, mujer de Jose y mamá de Carlos, tenía el detallazo de cocinar platos exquisitos, que después de tantas patatas y kapustas, apreciaba también por sus propiedades nutritivas. Aunque he de advertir, sobre todo para que ningún amigo kazajo se moleste al leer esto, que mi dieta inicial un tanto soviética era resultado de una elección personal y un deseo consciente de integración plena en el entorno en el que pasé los primeros meses, pero no una característica del país.

De hecho, si algo caracteriza a la dieta kazaja es la sobreabundancia de calorías en platos típicos como el beshparmak, los baursakis, el plov o los shashliks. También tengo que mencionar aquí las opíparas cenas que Paqui y José Carlos organizaban de vez en cuando para los solteros españoles en Almaty. Un poquito de calor de hogar a tanta distancia de casa se valora mucho y aún recuerdo los buenos ratos que Álex, Miguel, Emilio, o el inefable Luis, solíamos pasar también, claro, con Nuria y Alejandro.

Durante mi primera estancia en Kazajstán también asistí a muchos conciertos de música tradicional kazaja y siempre que fue posible, por lo difícil que era conseguir entradas, me encantaba ir a ver algún Aytys, especialmente si me acompañaba algún amigo kazajo que me fuera traduciendo lo que iba pasando. El Aytys es una competición en la que se enfrentan diversos aqims (una especie de poetas trovadores) provistos únicamente de sus dombrás (laúd de dos cuerdas) y en la que un jurado, y el público entregado ante sus improvisaciones, deciden quién es el ganador. Los Aytys por otro lado, tienen bastante más contenido político de lo que parece y ahí he escuchado algunas de las críticas más mordaces. Son algo así como lo que pasaba en la película 8 millas de Eminem, pero en versión kazaja (o también kirguiz).

Quienes me conocen saben que soy un entusiasta de los sonidos guturales y el sonido folk del Asia interior que incluye también al Tíbet, a Xinjiang, a Tuva, a Buryatia, a Kalmukia y a Mongolia. De hecho, mi pasión por el canto khoomi, a través de grupos increíbles como los Egschiglen o los Yat-Kha y los deseos de emular las aventuras y desventuras de Paul Pena en Genghis Blues, son otra de las razones que me impulsaron a querer descubrir la Eurasia interior o el área de civilización turco-mongola por mí mismo. Así que supongo que es fácil entender, mi inmensa felicidad cuando mi amigo Talgat, un gran maestro local, me enseñó a tocar el shan-kobyz, una sencilla arpa bucal y que he tocado, rudimentariamente eso sí, ante los públicos más diversos, incluyendo una fugaz aparición televisiva cuando coincidí con unos reporteros kazajos en un Jailoo o concentración de nómadas en plenas montañas. Aunque debo confesar que nunca podré ser un verdadero kazajo porque soy incapaz de apreciar el kumyz, bebida nacional por excelencia.

Desde aquella primera estancia que duró veinticuatro meses, he vuelto a la región cada año. No sólo a Kazajstán, también a Kirguizstán, Uzbekistán, Tadzhikistán o Xinjiang. Turkmenistán, por diversas razones, se me sigue resistiendo. Las aventuras y las anécdotas son innumerables y, por suerte, la lista de buenos amigos se va ampliando progresivamente; también con los recién llegados como Danial, el hijo de Inma y Kuanysh.

Pero siempre me gusta recordar aquel primer viaje y aquellas primeras semanas que han marcado de forma indeleble mi forma de ver y entender Kazajstán y Asia Central. Así por ejemplo, recuerdo como hace no mucho, durante una cena de mucho postín en la que los anfitriones kazajos nos agasajaban con multitud de delicatessen en la Pirámide de la Paz, símbolo de Astaná y el nuevo Kazajstán, no pude evitar acordarme de aquellos menús de patatas y kapustas que comía hace no tanto con Lida Ivanovna mientras ella me hacía partícipe de su nostalgia por los tiempos soviéticos. 

Seguiré ligado a Kazajstán y Asia Central por siempre y, de hecho, profesionalmente, la región ocupa la mayor parte de mi tiempo. Sin embargo, mi destino personal se dirige cada vez más hacia el sur. Al igual que los mogoles, desde Asia Central he llegado a ese país inabarcable que es la India, donde incluso me he reencontrado con buenos amigos de los primeros tiempos kazajos como José Ignacio. No obstante, a diferencia de los mogoles, en este caso he sido yo el conquistado, ya que caí rendido ante una chica de Kolkata que hace no mucho me regaló la que sin duda, está siendo la aventura más increíble. Nuestro hijo Niel nació el 4 de agosto de 2010. 

[1] Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

[2] Plato uigur a base de pasta fresca, vegetales y carne.

[3] Plato coreano a base de arroz, algas, vegetales y huevo.

[4] Observatorio Asia Central.

[5] Centro de Estudios y Documentación Internacionales de Barcelona.

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