Cómo Osh nos cambió a todos

Narrativas del conflicto y su impacto en la percepción de nosotros, los occidentales

TEXTO DE RUBÉN RUIZ RAMAS, UNIVERSIDAD NACIONAL DE EDUCACIÓN A DISTANCIA (UNED)

En el reino animal se trata de comer o ser comido. En el reino de los hombres de definir o ser definido

Thomas Szasz

Hace apenas un mes se celebró en Bishkek un congreso auspiciado por el todavía gobierno de Otunbayeva.  El objeto de estudio era la represión sufrida por el pueblo kirguís tras su levantamiento contra el Imperio Ruso en 1916, la cual provocó a su vez el Urkun (éxodo) de la población kirguís del norte del país hacia China. Según las estimaciones de historiadores kirguises, sobre una población de 750.000 personas cuando menos murieron 120.000 kirguises a manos de las fuerzas imperiales mientras otros 120.000 buscaron alcanzar China. Decenas de miles murieron al intentar atravesar la cordillera del Tien-Shan, en total se calcula que la intervención zarista provocó la muerte de un 40% de la población kirguís del norte.  Así, uno de los debates más disputados en el congreso giró en torno a la definición de los hechos: ¿fue una tragedia provocada tanto por las fuerzas zaristas como por el levantamiento kirguís? O de lo contrario, si la responsabilidad no puede ser compartida ¿fue una masacre o fue un genocidio? No hubo consenso. Noventa y cinco años después de aquel fenómeno su definición trasciende los debates académicos. Rusia es hoy, más que en cualquier momento posterior a la desintegración de la URSS, el faro por el que se quiere guiar Kirguistán.

Otorgar una definición a un fenómeno plantea interpretar los hechos, sus responsables, el papel de los actores implicados; pero sobre todo enmarca el contexto en que se deben desarrollar las acciones futuras y la justificación o legitimidad de las mismas, así como de la relación a establecer entre los distintos actores. Por ello cuando sectores de kirguises y uzbekos mantienen la disputa sobre si los “eventos de Osh” (Oshskie sobytiya) fueron una guerra civil en opinión de los primeros, o un intento de genocidio en opinión de los segundos, de lo que se está hablando principalmente no es del pasado, sino del futuro.   Un futuro en el que los kirguises del sur ven cada vez más molesta la influencia de lo que para ellos es occidente  (EEUU, OSCE –más que UE-, OTAN, ONGs y medios de comunicación).

Narrativas sobre los eventos de Osh: ¿Guerra civil o Genocidio?

Entre 1991 y 2010, en términos de poder la narrativa más generalizada nos cuenta que los kirguises habían dominado la burocracia estatal en el sur de Kirguistán, incluyendo las fuerzas de seguridad y el poder judicial, mientras los uzbekos controlaban en mayor medida el sector privado de la economía, especialmente el comercio. En términos socioeconómicos, la narrativa hace referencia a la posición ocupada por cada comunidad en la estratificación social que ha acompañado a la llegada del capitalismo: los uzbekos -comerciantes, propietarios y urbanitas- son percibidos como clases medias y clases altas; los kirguises del sur -fundamentalmente de origen campesino y rural- son la representación de la clase desposeída por la transición al capitalismo. Durante el periodo soviético, en su mayor parte los kirguises habitaban zonas rurales ocupándose en los koljoses y sovjoses agropecuarios; después la privatización de tierras y ganados impidió a la mayoría permanecer en sus lugares de origen y comenzó un nuevo éxodo: en las últimas dos décadas un quinto ha migrado fuera del país, otro quinto de la población restante se hacina en las novostroikas de la periferia de Bishkek, y en torno a 100.000 personas se han trasladado a Osh ciudad. Tanto quienes han ido a Bishkek como a Osh son migrantes internos sin registro y por tanto carecen de derechos esenciales. Por supuesto, hay kirguises entre las clases medias y altas pero la narrativa más dicotómica los elude. En las versiones extremas sobre el “otro”, los kirguises ven a los uzbekos como comerciantes acaparadores y avaros, astutos (jitryi) “siempre dispuestos a engañarte”; por su parte, la visión más negativa de los uzbekos sobre los kirguises les expone como un “pueblo inculto y salvaje (…) bajaron de las montañas y nosotros les enseñamos a hacer cuanto saben hacer hoy, a cómo llevar un negocio, construir una casa, les enseñamos a vivir civilizadamente, y ahora ellos nos quieren expulsar”.

Tras el derrocamiento del presidente Bakiyev -kirguís y sureño- en abril de 2010, el sur se convirtió en un territorio carente de autoridad. La coalición de opositores que protagonizó la revolución había integrado a redes informales y figuras políticas del sur y del norte, pero eran principalmente fuertes en el norte y fracasó en asumir el control del sur. Ante tal vacío de poder, entre abril y junio en el sur de Kirguistán se libraron dos batallas, una de redistribución informal del poder y de los recursos, y otra centrada en la reconfiguración político-institucional. Mientras las redes de élites kirguises no querían perder el control político y el aparato estatal que les permitía acceder a lucrativas estructuras de sobornos; sectores de las élites uzbekas interpretaron que el contexto era adecuado para demandar mayor representación política y reconocimiento a su etnia por medio de la oficialidad del idioma uzbeko, a cambio se ofrecían al gobierno de Bishkek para apoyar su autoridad en el sur. En ese escenario las redes de élites kirguisas del sur y sus medios  trabajaron por enmarcar el desafío uzbeko como un primer paso hacia la secesión y a sus líderes como separatistas cuya única intención era la integración final a Uzbekistán, “no les bastaba con tener el poder económico ahora también querían el poder político, quedarse con nuestro país y el gobierno de Bishkek se lo iba a entregar”.   En definitiva entre motivaciones políticas, económicas y étnico-culturales, el renacido etno-nacionalismo kirguís trató de definir la inmediatez de una batalla por el territorio.

La noche del 11 al 12 de junio de 2010, entre un sinfín de rumores y acusaciones mutuas  (violaciones, linchamientos, asesinatos a sangre fría) diseminadas a través de teléfonos móviles se iniciaron cruentos enfrentamientos en Osh. En los días siguientes los ataques se trasladaron a la región de Jalal‐Abad hasta que la situación se calmó el día 14. El conflicto dejó tras de sí 2.000 fallecidos (470 oficialmente), el desplazamiento de más de 400.000 personas según la ACNUR, 100.000 de ellas refugiadas en territorio uzbeko, así como la quema y/o destrucción de 2.500 viviendas, más de 100 mercados o comercios y 10 edificios gubernamentales. Independientemente de las causas y responsables reales, atrás había quedado una guerra civil para los kirguises y un intento de genocidio para los uzbekos. 

Durante aquellos cuatro días los principales medios de comunicación nacionales omitieron en su mayor parte cualquier referencia a la etnicidad de los fallecidos y desplazados, nada ni nadie tenía nombre, fue entonces cuando se catalogó la aséptica denominación de los eventos de Osh. Pero en el sur todo era distinto, el tráfico de la telefonía móvil era febril y  pronto proliferaron publicaciones online mostrando pruebas documentales de las atrocidades cometidas.  Inicialmente los uzbekos denunciaron estar siendo masacrados con ayuda de efectivos militares y paramilitares, entendiendo ser víctimas de un intento de genocidio. Los medios internacionales que representan a occidente se hicieron eco de estas informaciones y junto a los testimonios de trabajadores de ONG y OOII señalaron el desequilibrio en las víctimas y daños entre una comunidad étnica y otra.  Los medios kirguises respondieron publicando igualmente material documental de sus muertos, acusando además a los uzbekos de iniciar los ataques.

De este modo la batalla discursiva se estableció entre las definiciones polares de guerra civil y genocidio, mientras el gobierno central prefería profundizar la asepsia de los eventos de Osh apuntando a todo tipo de actores externos, variando de una declaración a otra, como responsables de los eventos. Éstas dos definiciones polares afectan no solo al qué, sino al quién, al cómo y al después. Sí el fenómeno es una guerra civil se trata de un enfrentamiento bélico entre dos contendientes que pugnan por dar solución a un conflicto político o de intereses, en este caso supuestamente por el poder político y el territorio. Sí se trata de un genocidio, los actos son perpetrados por una parte contra un sujeto nacional, étnico, racial, religioso o político con intención de destruirlo, total o parcialmente.

Así, la definición de los actores varía en absoluto de la gloria que aguarda al vencedor de una batalla al oprobio de ser considerado un criminal, pero sobre todo diferencia  la lógica de reparto que distingue el futuro de vencedores y vencidos, frente al castigo y reparación que se espera han de recibir los ejecutores y víctimas de un genocidio. En cuanto al cómo, la guerra se tiende a justificar como una tragedia en la que confluye la inevitabilidad, la corresponsabilidad y existencia de víctimas en ambos lados que, por lógica, aunque no siempre, han de estar mal repartidas entre vencedores y vencidos. Concluyendo, en el después  la principal distinción es que el genocidio es un crimen contra la humanidad penado por el Derecho Internacional y puede conducir a la intervención de una misión de pacificación internacional. De este modo, en términos legales la definición por tanto que se diera a los eventos de Osh iba a afectar al postconflicto en dos aspectos: ¿Qué debe hacerse? (estabilizar y garantizar el mantenimiento de la paz, establecer las bases para la reconciliación, investigar y esclarecer las causas, buscar y castigar a los culpables de los crímenes) Y más importante ¿Quién debe hacerlo?  Fundamentalmente si hay participación internacional y con qué competencias actúa.  

Como es lógico, las élites kirguises del sur y los restos de la comunidad uzbeka volvieron a diferir sobre la necesidad de una intervención internacional. Las primeras, lideradas en estas lides por el mismo alcalde de Osh, Melys Myrzakmatov, iniciaron en el mismo mes de junio una campaña en contra de cualquier intervención extranjera, especialmente si estaba ligada a occidente. Aunque desde finales de junio se sabía que nadie en la comunidad internacional tenía la intención de enviar una auténtica misión de pacificación -menos aún occidente–  Myrzakmatov aprovechó el plan de la OSCE de enviar una misión de 52  asesores policiales para convocar a sus acólitos y difundir el mensaje de que el objetivo último de la OSCE era servir a la confabulación secesionista uzbeka y repetir la experiencia de Kosovo en territorio kirguís. Por el contrario los uzbekos que no se habían marchado del país, devastados física y moralmente, depositaron todas sus esperanzas de reparación y justicia en la existencia de una intervención internacional aunque ésta fuera explícitamente para desarrollar la investigación de los hechos acontecidos.

Cuando en octubre de 2010 tuve la oportunidad de viajar con una amiga a Osh, nuestra imagen de occidentales entre los escombros del bazar de Osh atraía a los uzbekos quienes nos conducían a un rincón pensando que éramos parte de algún organismo internacional, “estamos esperando que vengáis ya porque tenemos todo tipo de pruebas documentales, DVD, fotos, videos, pero no se la vamos a entregar a las autoridades locales. No confiamos en ellas, ya no”. Con la precaución debida, defensores de derechos humanos y periodistas uzbekos aceptaban reunirse para hablar de la situación en bares o restaurantes. En aquel tiempo, a pesar de alguna mirada recelosa, todavía abundaban los kirguises que, como es habitual, pedían o agradecían con una sonrisa que les tomaras unas fotos. Para ambos, uzbekos y kirguises, nosotros éramos occidente, poco importaba si afirmábamos no tener relación con ningún organismo, medio de comunicación o agencia estatal.  

Como es sabido, poco tiempo después inició su trabajo la Independent International Commission of Inquiry into the Events in southern Kyrgyzstan liderada por el finlandés Kimmo Kiljunen, Representante Especial para Asia Central de la Asamblea Parlamentaria de la OSCE.  La comisión no tenía mandato para desarrollar una investigación de carácter vinculante ni para imputar a personas en un proceso penal. El informe final[1] de dicha comisión fue publicado en junio de 2011. Aunque fue significativamente crítico con las autoridades kirguisas tanto a nivel local y regional en el sur como con el gobierno central, así como con las fuerzas de seguridad del Estado, la comisión interpretó que los hechos acaecidos de acuerdo con la terminología del derecho internacional no alcanzaban la categoría de crímenes de guerra ni de genocidio. Sin embargo, el informe afirma que de probarse algunos de los actos denunciados en Osh entre los días 11 y 13 sí que deberían ser tratados como crímenes contra la humanidad (violaciones y asesinatos masivos contra un grupo étnico específico). Entre las recomendaciones de prevención de nuevos conflictos y de reconciliación la comisión integró el reconocimiento de un status especial para el idioma uzbeko a nivel local y regional.

La respuesta por parte del las instituciones de Kirguistán fue rápida. En un documento de 29 páginas el gobierno de Otunbayeva afirmó que el informe contenía un claro favoritismo hacia la parte uzbeka y no proporcionaba evidencia empírica que permitiera definir los eventos como crímenes contra la humanidad. Más contundente fue la resolución aprobada por el parlamento de Kirguistán, compuesto por diputados procedentes de todas las regiones del país,  en la que se acusó a la comisión de parcialidad pro uzbeka e incitar al odio, para culminar  declarando a Kiljunen persona non grata prohibiéndole la entrada en el país. En el sur, el informe de la comisión consolidó la visión de occidente como un agente exterior intervencionista y pro-uzbeko; mientras su posición se veía reforzada por la respuesta general de kirguises del norte y del sur en contra de las conclusiones del informe. Los uzbekos por su parte se habían quedado sin el último clavo ardiente al que agarrarse.

Entre julio y noviembre de este mismo 2011 he tenido la oportunidad de regresar a Osh y Jalal-Abad tanto como investigador académico como miembro de la misión de observación electoral de la OSCE. En el lapso de un año este occidental ha sido redefinido: ningún uzbeko me llevó a un rincón o a un restaurante, ningún kirguís me pidió una foto.

[1] http://www.k-ic.org/en/news.html

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