Asia Central: Terra Incógnita

TEXTO DE LUIS SÁNCHEZ, SUMOLOK

Actualmente, la región conocida como Asia Central (comprendida formalmente por las cinco ex repúblicas soviéticas de Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, aunque culturalmente se extiende por territorios de Mongolia, China, Afganistán, Irán y Rusia) sigue siendo considerada una zona remota, aislada y desconocida desde nuestro mundo globalizado y conectado.

A pesar de que durante gran parte de la historia de la humanidad los territorios comprendidos entre el mar Caspio y el desierto del Gobi tuvieron una importancia fundamental en el desarrollo de las grandes civilizaciones eurasiáticas (la conocida Ruta de la Seda es sólo uno de los ejemplos de esta centralidad), la región permaneció en gran medida, hasta el s. XIX, siendo una gran desconocida para los europeos, un territorio sin cartografiar, lejano, misterioso y percibido como peligroso.

El ser humano, en su inagotable afán por extenderse por todos los territorios del planeta, se ha esforzado desde hace milenios en reflejar el conocimiento de esas nuevas tierras en documentos que, o bien pretendían entender qué se podían esperar al llegar a ellas, o informaban sobre lo que los pioneros que las alcanzaban habían visto. No es extraño, por tanto, que ya desde la Antigüedad se elaboraran mapas que mostraban el mundo conocido y el desconocido (tal y como cada autor lo imaginaba).

Los mapas más antiguos que han llegado hasta nosotros datan de en torno el s. VI A.C., especialmente el conocido como Imago Mundi, hallado en tierras de Babilonia y que se centraba en el río Éufrates y sus territorios más cercanos. El mundo griego clásico fue muy prolífico en la investigación geográfica del mundo y, contemporáneo al Imago Mundi, Anaximandro diseño su visión del mundo, dividido en tres regiones muy definidas (Europa, Asia y Libia, sinónimo de África), con el centro en el Mar Egeo. Es curioso observar como estos primeros cartógrafos intuían (ya que no conocían) para Asia una extensión de terreno importante, que será tónica común en los mapas durante siglos.

Imago Mundi, posiblemente el primer mapa creado por el ser humano
Visión del mundo según Anaximandro

Hecateo de Mileto (550-476 A.C.) supuso un mayor aporte de información a través de sus narraciones de viajes; a pesar de que (y por razones evidentes) las zonas mejor definidas son las más cercanas a las islas griegas, ya se esbozan puntos geográficos como el Mar Caspio y nombres de pueblos que, en teoría, habitaban en Asia Central.

Visión del mundo según Hecateo de Mileto

Un gran avance para el conocimiento de Asia Central en el mundo antiguo fueron las campañas militares de Alejandro Magno; la información que se recogió de esta espectacular experiencia helena en Asia sirvió para que Eratóstenes elaborara un mapa en el que se distinguían regiones como Sogdiana, Bactria, India o Escitia; el Golfo Pérsico, los Urales, el subcontinente indio o el Caspio son ya conocidos, aunque es verdad que todas estas regiones son en gran parte desconocidas para los europeos y apenas un puñado de macedonios las habitan, haciendo muy complicado la recolección de una información más fiel a la realidad. Otras fuentes geográficas, como la Geografía de Estrabón, o el mapa de Posidonio, mantuvieron, respecto a la representación de Asia, más o menos las mismas ideas que reflejaba Eratóstenes.

Fue Ptolomeo quien, alrededor del año 150 A.C., a través de los mapas que se elaboraron por medio de sus descripciones del mundo, introdujo nuevos elementos que revolucionarían la cartografía durante siglos. En primer lugar, fue el primero que usó líneas de longitud y latitud, así como la localización de puntos terrestres a través de referencias astronómicas. Además, respecto a Asia, se considera que sus descripciones de lugares como la India o China impulsaron de manera significativa el comercio del Imperio Romano en la zona, que estableció puertos comerciales en algunas de las zonas descritas por Ptolomeo.

Las revolucionarias aportaciones de Ptolomeo supusieron un importante avance en el conocimiento del continente eurasiático.

Evidentemente, en épocas contemporáneas a estos primeros geógrafos griegos, existía también una producción de mapas en la propia Asia, especialmente en China, donde desde muy temprano se empezó a investigar sobre los territorios que rodeaban el núcleo originario de esta civilización. Los registros más antiguos que se han conservado de estos mapas chinos datan del s. IV A.C., durante la Dinastía Qin, aunque en éstos apenas se reflejaban una pequeña porción de la región de Sichuan, y su principal objetivo era recopilar información sobre las actividades económicas y la recaudación de la provincia.

El gran cambio tuvo lugar con el emperador de la dinastía Han Wu-Ti (156 – 87 A.C.), gran impulsor de la expansión al oeste y de la fundación de una estructura comercial que fue creciendo durante los siguientes siglos hasta conseguir conectar, de manera eficaz y estable importantes centros comerciales chinos como Kaifeng (al noreste del país) con Aleppo, en Siria. Para llevar a cabo sus objetivos, se hacía básico contar con una información veraz de los territorios que atravesarían los comerciantes. De esta manera, se hizo común que en todos los textos oficiales (como el Huainanzi del s. II A.C.) se incluyeran secciones dedicadas a las descripciones geográficas, en los que se iban añadiendo los accidentes y las provincias que se iban incorporando al Imperio. Ya en el s. III, y bajo las órdenes del emperador Wu de la Dinastía Jin, Pei Xiu introdujo el uso de escalas graduadas y elevaciones topográficas en sus trabajos, lo que aumentó enormemente la fidelidad de los mapas chinos de la época, incluyendo las regiones más occidentales del Imperio.

Cronológicamente, y pasando de nuevo a los geógrafos europeos, uno de los intentos más ambiciosos de describir el mundo conocido fue el incluido en la conocida Tabula Peutingeriana (del s. IV, aunque sólo se ha conservado una copia del s. XIII), una representación gráfica de la red de calzadas romanas. En el mapa se apuntan regiones tan lejanas para Roma como la India

Fragmento de la Tabula donde se muestra la India

Y si para los burócratas romanos lo importante era clarificar cuestiones técnicas y prácticas para el Imperio, la caída de Roma inclinó la visión reflejada en los mapas hacia la religión, un hecho derivado de que a partir de entonces, y durante toda la Edad Media europea, fuera en los monasterios donde se mantuvieran, copiaran y crearan nuevos mapas del mundo.

Uno de los primeros ejemplos de este cambio de tendencia fue el de Cosmas Indicopleustes; a medio camino entre dos mundos, este mercader griego de Alejandría reciclado en monje, elaboró en el s. VI una obra de inestimable valor, la Topografía Cristiana, debido a que es bastante probable que él mismo realizara distintos viajes a la India, Sri Lanka y otras regiones asiáticas. Por otro lado, su rechazo de los geógrafos pre-cristianos y su planteamiento de un mundo plano y con forma rectangular basado en textos bíblicos le hace representar una línea que se alejaba de las tradiciones anteriores. Siguiendo esta línea, más acorde con percepciones religiosas que científicas, se encuentra Isidoro de Sevilla (s. VII), que inauguró una visión conceptual del mundo dividido en tres regiones, Europa, África y Asia, en el que Jerusalén ocupaba el centro, Asia ocupaba la mitad de la representación y en ella se establecía el Jardín del Edén como realidad física. Esta concepción se representó típicamente de forma circular, con una T interior que separaba las regiones (conocidos como Orbis Terrarum), prescindiendo de cualquier intento de sistematización geográfica que se adaptara a la realidad física.

Representación de Cosmas Indicopleustes
Típico Orbis Terrarum de forma circular

En aquella misma época, una nueva civilización había surgido y se había desarrollado de una manera extraordinaria: la islámica. Con el ímpetu expansionista que caracterizó a esta civilización desde sus mismos orígenes, se hacía imprescindible un trabajo de recopilación de información geográfica importante; pero la experiencia islámica respecto a la creación de mapas no se redujo a cuestiones prácticas, sino que, como en otros muchos campos del saber, se introdujeron importantes avances que cambiarían el rumbo de los estudios geográficos. Uno de los primeros protagonistas de este avance respecto al conocimiento de Asia Central fue Ibn Hawqal; en el año 977 editó su libro “Ṣūrat al-’Arḍ” (El aspecto de la Tierra) y en él incluyó descripciones de viajes que él mismo había realizado por el Cáucaso, así como otras partes de Persia.

Mapa de Ibn Hawqal

Pero fue poco tiempo después, en el s. XI, cuando surge una nueva forma de representar el mundo, que toma Asia Central como el punto central del mismo, y realizado por un centroasiático: Mahmud al-Kashgarí. Hijo del gobernante de una región actualmente incluida en Kirguistán, y nacido en Kashgar (hoy en día en la Provincia Autónoma Uigur de China), dedicó toda su vida a estudiar los diferentes idiomas de la familia turca que existían en la región, elaborando un tratado que sería de gran utilidad para los califas de Bagdad. En esa obra, Dīwānu l-Luġat al-Turk (Compendio de los idiomas de los turcos) incluyó una representación gráfica de los territorios donde habitaban los hablantes de esos idiomas. Sin apenas referencias precisas sobre la realidad de esa zona, se trata más bien de una construcción conceptual, especialmente teniendo en cuenta esa centralidad de Asia Central con la que dotó al mapa (el centro exacto del mapa se sitúa en la antigua ciudad de Balasagyn, en el actual Kirguistán), algo inaudito hasta entonces.

Mapa de Mahmud al-Kashgarí, con Asia Central situada en el centro

En sentido contrario al documento de al-Kashgarí se encuentra el mapa de otro geógrafo islámico (y nacido en Ceuta): Muhammad al-Idrisi, que se convertiría en la representación más exacta de la Tierra durante al menos los siguientes 300 años. La elaboración de este documento le costó a al-Idrisi 15 años, durante los cuales viajó él mismo por diferentes partes de Asia y recopiló fuentes, desechando las que él pensaba que no ofrecían suficiente credibilidad. Sus mediciones y estimaciones resultaran tan exactas que muchos de los mapas que se elaboraron en la época moderna corroboraron los datos de al-Idrisi (un dato revelador: es uno de los primeros mapas en los que el Mar Caspio no está conectado con el Mar del Norte, una hecho habitual en la tradición cartográfica tradicional sobre Asia Central). Es una de las razones por las que lo hemos elegido como imagen de EURASIÁTICA. 😉 

Mapa de Muhammada al-Idrisi

El auge de las comunicaciones marítimas europeas, en detrimento de las terrestres, a partir del s. XII, comenzó a inclinar el interés de los geógrafos por mostrar, de la forma más fiel posible, las principales rutas y los puertos más significativos para el comercio europeo. En este sentido, Asia Central comenzó a perder presencia en los documentos cartográficos, empezando a quedar reducida, en ojos europeos, a un territorio desconocido e inhóspito.

Pero desde el Lejano Oriente seguían vivamente interesados por conocer las realidades de unas regiones vecinas y habitualmente problemáticas para el Imperio Chino. Uno de los principales ejemplos de estos mapas es el Da Ming Hun Yi Tu (1389); el desarrollo de las rutas mercantiles a través de Asia Central y el establecimiento de la Pax Mongolica tras la conquista del territorio por Gengis Khan y sus descendientes, tuvieron como uno de sus mayores resultados el trasvase de conocimientos entre el mundo occidental (tanto cristiano como musulmán) y el chino. Con su propia experiencia y las técnicas aprendidas, los chinos desarrollaron el arte de cartografiar de manera notable, reflejando en sus mapas no  ya sólo territorios del Imperio y alrededores, sino del resto del mundo, como en este mapa en el que, por ejemplo, se muestra el Cabo de Buena Esperanza mucho antes de que los europeos tuvieran siquiera noticia de su existencia. Este documento, junto a otros asiáticos de la misma época, como el Kangnido, están considerados los más exactos del mundo hasta la explosión de la cartografía moderna a partir del s. XV.

La maestría de los cartógrafos chinos se revela en el Da Ming Hun Yi Tu
Mapa Kangnido, mostrando la Península Arábiga, India y Korea. 

Durante todo ese tiempo, y a pesar de avances significativos en cuanto a la fidelidad geográfica en la producción cartográfica, la Europa medieval siguió estancada en cuanto a su conocimiento sobre Asia Central; los escasos ejemplos en los que aparece la región, mantienen los mismos esquemas y visiones tradicionales sobre la zona, basadas en viejas historias de viajeros e ideas estereotipadas; un caso de renombre es el llamado Atlas Catalán, del s. XIV, una bella representación del mundo en el que se incluye un famoso dibujo de una caravana cruzando Asia Central.

Fragmento del Atlas Catalán, con una caravana en Asia
Central

La extensión del interés zarista hacia territorios del interior de Eurasia volvió a situar Asia Central en los mapas de, al menos, varios de las principales potencias de la época. Viajeros y científicos rusos, así como ingleses y franceses, fundamentalmente, llevaron a cabo el último de los esfuerzos por cartografiar una región que, en gran medida, seguía siendo desconocida aún. Tanto la curiosidad científica como el interés económico fueron los factores que impulsaron esta renovada actividad cartográfica, aunque serían finalmente los últimos, centrados en la progresiva colonización eslava de la zona los que aportarían mayor material al conocimiento de la zona.

El trabajo de Rigobert Bonne (en 1780), por ejemplo, destaca por reflejar de forma bastante acertada puntos significativos como el Caspio, las ciudades de Bujará y Samarkanda, o el lago Baljás. Sin embargo, también son importantes otros aspectos que contienen este mapa, como la denominación de uzbekos al pueblo antes llamado Chagatai. En este sentido, hay ejemplos que continúan este camino en la época, al centrarse en mayor medida en reflejar realidades étnicas y políticas además de las meramente geográficas; así ocurre en el mapa de Du Halde, D´Anville y Jeleniev, de 1804.

Mapa de Rigobert Bonne
Mapa de Du Halde, D´Anville y Jeleniev

En las últimas décadas del s. XIX, y especialmente después de la Guerra de Crimea (1853-1856), Asia Central se sitúa como escenario de las diferentes rivalidades imperialistas que pugnaban por controlar diferentes partes de la región, principalmente Gran Bretaña y Rusia, en un proceso que se ha llamado el Gran Juego (o el Torneo de las Sombras, según los rusos). Desde ese momento, la producción cartográfica sobre la región crece a un ritmo vertiginoso. Mapas como el de Edward Weller (1864) contenían unas descripciones precisas de lagos como el Issyk-Kul y el Baljash, así como de las fronteras de los territorios de Jiva, Bujará y Kokand. Toda la producción cartográfica inmediatamente posterior iría mostrando los sucesivos cambios políticos que fueron teniendo lugar en la región; así, el mapa de Richard Andree (1881) muestra el espectacular avance ruso al compararlo con el de Ravenstein, de apenas una década antes (1873).

La llegada del s. XX trajo la consolidación definitiva del conocimiento geográfico sobre Asia Central. El trabajo de W. & A. K. Johnson, “Central Asia”, refleja una información geográfica que, en gran medida, se ha mantenido inalterada hasta prácticamente nuestros días. También importantes fueron las contribuciones de algunos aventureros pioneros en los territorios centroasiáticos, que pasaron, en algunos casos, de comerciar con antigüedades y negociar con los museos europeos, a relatar los descubrimientos geográficos que hicieron para que se elaboraran mapas cada vez más precisos de la zona. Uno de los casos más significativos es de Sir Aurel Stein que, a principios del s. XX, recorrió gran parte de la región, dejando unos mapas de zonas hasta entonces prácticamente desconocidas, como el desierto de Taklamakan.

Por supuesto que los científicos rusos, bien establecidos en la región desde aquella época, fueron los que más avanzaron en la confección de mapas de Asia Central. El interés de conocer las zonas en las que se iban asentando, las autoridades zaristas se empeñaron en ir cartografiando tanto los estados y ciudades que iban controlando, como los territorios vírgenes que los rodeaban. Algunos ejemplos notables son el de Edelshtein (1905), mapa en el que aún se nota la importancia de reflejar las redes de comunicaciones frente a otros aspectos geográficos; el de Ivanov, de 1903, con mayor metodología geográfica, o el mapa de Mushketov (1925), con un evidente avance en la fidelidad geográfica de la región.

Viajeros como Sir Aurel Stein contribuyeron a aportar datos sobre territorios apenas conocidos, como el desierto de Taklamakan
Mapa de Edelstein
Mapa del Lago Balkash, de Ivanov
Mapas como el de Mushketov, de 1925, ya tenían un evidente nivel de detalle cartográfico

La posición de Asia Central como el terreno de juego donde las potencias coloniales se disputaban, palmo a palmo, la superioridad geoestratégica, situó a la región en el epicentro de la política mundial, alcanzando una presencia que no había tenido desde el declive de las rutas comerciales caravaneras. Geopolitólogos como Halford Mackinder vieron en la centralidad de la región en el gran continente euroasiático, en el interés de las potencias en su control y en el papel histórico de generadora de imperios, las señales que indicaban que Asia Central marcaría el propio devenir de la Humanidad, al señalar que quien controlara la zona, controlaría el resto del mundo.

El papel de Asia Central en los desarrollos políticos que han tenido lugar hasta nuestros días, así como el desarrollo de la cartografía por satélite ha hecho que la región no sea un vacío espacial para los europeos. Sin embargo, es cierto que existen aún hoy en día grandes zonas desconocidas (especialmente debido a bajas densidades de población) y territorios por los que pocos extranjeros ponen sus pies incluso hoy en día. Y, más importante que eso, Asia Central sigue siendo una verdadera Terra Incognita en cuanto a sus poblaciones, culturas, idiomas e Historia.

Imagen satélite de Issyk-Kul

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